Tenía el don de invertir el tiempo y hacer que los años parecieran minutos y los segundos una eternidad. Jugaba con el tiempo a tu antojo, alargaba los segundos que merecían la pena ser repetidos y evitaba que se prolongaran los instantes que deseaba que no hubieran ocurrido nunca.
Las noches las pasaba en vela, pluma en mano, a la luz de un candil que no hacía sino exacerbar su insomnio. El día, lo pasaba soñando... porque no conocía otra manera de VIVIR
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