jueves, 19 de mayo de 2011

Pasó la tormenta, llego la calma y algo más

La tormenta se fue (tan lejos que no volvió) y salió de nuevo el sol, que me hizo recordar que lo apreciaba más que tu presencia, que era el frío del invierno lo que me hacía mantenerme arropada con tu recuerdo y no me aferraba a él porque lo echara de menos. Supongo que nunca llegas a echar de menos aquello que te hizo (tanto) daño...

Volvían las lluvias pero no llegaba la tormenta y me di cuenta poco a poco, que si dejas de lado las cosas que pesan, al final no te lastimas por arrastrar pesados lastres que no hacen sino impedir que avances a tiempo.

Fue el momento en el que el sol permaneció en lo alto del cielo por más de dos días, en el que me di cuenta de que todo era posible. Justo ahí fue cuando comprendí lo que la gente que me apreciaba trataba de explicarme y yo me negaba a entender, porque no hay más ciego que el que no quiere ver. Y lo que me costó tirar esa estúpida venda...

Comprendí que nunca ibas a volver, entre otras cosas, porque nunca habías estado, y en ese momento, sentí una tranquilidad inmensa. Todo era calma. Era cierto lo que me habían repetido durante meses, ¡que no eras más que una ilusión!

Desde ese día, los días brillaban más, y yo me llenaba de energía, me centraba en los demás, en los míos, en hacerlos un poco más felices.

Entonces ocurrió. Conocí a alguien, alguien real, una de estas personas, que te dejan absorta la primera vez que lo ves. Me costó poder apartar la mirada de aquel chico tan guapo de ojos grandes y negros que sin saberlo iba a formar parte de mi vida.

Charlamos, bromeamos... ¡Me encantó! Desde el primer momento supe que era el destino lo que lo había arrastrado hacia mí, que nos conocimos por una serie de casualidades que se sucedieron de otras casualidades que a su vez hicieron que coincidieramos más a menudo y poco a poco aquello fuera creciendo.

Es indescriptible la sensación que sientes cuando de repente... ¡va la vida y te sorprende!

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